Ramón María del Valle-Inclán

Rosa de turbulos

Era una reina de raza maya,

era en un bosque de calisaya,

y era la aurora. Daba el bulbul,

sobre mi estrella su melodía,

y en los laureles que enciende el día

daba mi alma su grito azul.

 

Crepusculares moscas de oro

abren su vuelo como un tesoro,

bordoneando con el calor.

Aroma el árbol de la canela,

y en el potrero se desconsuela

una vihuela de payador.

 

Indios que el tiempo cuentan por lunas

guían su esquife por las lagunas,

y por las selvas profundas van

ciervos y tigres. Sobre las lomas

eran los toros, y las palomas

bajo los vuelos del alcotán.

 

El lago canta versos solares,

y ondula la onda con malabares

juegos de luces, su indo chaúl.

Arduos jinetes como centauros

riñen combates contra los sauros

en la armoniosa ribera azul.

 

Y las pirámides con escrituras

de arcanas lenguas, y signaturas

de rudos soles, su sombra dan.

Y va graznando con negro vuelo,

por la turquesa magna del cielo,

el zopilote de Yucatán.

 

Entre las grietas de la pirámide

deja la sierpe su verde clámide,

y se hipnotiza frente a la luz.

Sobre las piedras con jeroglíficos

hace sus largos sueños científicos:

en la cabeza tiene una cruz.

 

Vuela la hamaca con ritmo lento,

las rosas frescas se dan al viento,

suelto en la fronda vuela el faisán.

Se enciende el día, la selva aroma,

la hamaca vuela, la niña asoma

un pie de oro bajo el fustán.

 

Mi reina maya languidecía

sobre la hamaca. Dorando el día,

era dorada bajo el hipil,

se abanicaba con una rosa,

decía su hamaca, con cadenciosa

curva de opio, versos de Abril.

 

Rojos claveles prende en la rolla,

rojos corales al cuello enrolla,

rojo pecado sus labios son,

y sus caderas el anagrama

de la serpiente. Con roja llama

pintó su boca la tentación.

 

Era una reina de raza maya,

era en un bosque de calisaya,

y era la aurora. Daba el bulbul

sobre mi estrella su melodía,

y en los laureles que enciende el día

daba mi alma su grito azul.