Ramón López Velarde

Que sea para bien...

Ya no puedo dudar... Diste muerte

a mi cándida niñez, toda olorosa a sacristía,

y también diste muerte al liviano chacal

de mi cartuja... ¡Que sea para bien!

 

Ya no puedo dudar... Consumaste el prodigio,

de sin hacerme daño, sustituir mi agua clara

con un licor de uvas... ¡Y yo bebo el licor

que tu mano me depara!

 

Me revelas la síntesis de mi propio zodíaco,

el león y la virgen; y mis ojos te ven apretar

en los dedos, como un haz de centellas,

éxtasis y placeres... ¡Que sea para bien!

 

Tu palidez denuncia que en tu rostro

se ha posado el incendio y ha corrido

la lava; día último de marzo, emoción,

aves, sol; ¡Tu palidez volcánica me agrava!

 

Ganaste ese prodigio de pálida vehemencia,

al huir, con un viento de ceniza de una ciudad

en llamas, o hiciste penitencia revolcándote

encima del desierto, o quizá te quedaste dormida

en la vertiente de un volcán, y la lava corrió

sobre tu boca y calcinó tu frente.

 

¡Oh, tú, reveladora que traes un sabor cabal

para mi vida y la entusiasmas! Tu triunfo

es sobre un motín de satiresas,

y un coro plañidero de fantasmas...

 

Yo estoy en la vertiente de tu rostro,

esperando las lavas repentinas que me den

un fulgurante goce; tu dictorial y pálido prestigio

ya me invade; ¡Que sea para bien!