Rubén Darío

LII

Abrojos

Érase un cura tan pobre

que daba grima mirar

sus zapatos descosidos

y su viejo balandrán.

Érase un cuasi mendigo

que solía regalar

á los más pobres que él

con la mitad de su pan.

Un cura tan divertido

para hacer la caridad,

que si daba el desayuno

se acostaba sin cenar.

érase un pobre curita

llamado el Padre Julián

á quien vían como á un perro

los grandes de la ciudad,

pues era tan inocente

y era tan humilde el tal,

que en la casa de los grandes

daba risa su humildad.

Un día amaneció muerto,

siendo casa de su mal

no se sabe si mucha hambre

ó alguna otra enfermedad.

Entonces un gran entierro

se ofreció al Padre Julián,

donde sólo en cera y pábilo

se quemara un dineral.

Y se vieron coches fúnebres,

y hubo un lujo singular,

á los ecos de las marchas

de la música marcial.

Y cuentan que los timbal

y oboes, al resonar,

hacían burla del muerto

pobre de solemnidad...

Y que el muerto se reía

pensando en su balandrán,

con una de aquellas risas

que dan ganas de llorar.