Pedro Salinas

Cero

V

 

¡Y todos, ahora, todos,

qué naufragio total, en este escombro!

No tibios, no despedazados miembros

me piden compasión, desde la ruina:

de carne antigua voz antigua, oigo.

 

Desgarrada blancura, torso abierto,

aquí, a mis pies, informe.

Fue ninfa geométrica, columna.

El corazón que acaban de matarle,

Leucipo, pitagórico,

calculador de sueños, arquitecto,

de su pecho lo fue pasando a mármoles.

Y así, edad tras edad, en estas cándidas

hijas de su diseño

su vivir se salvó. Todo invisible,

su pálpito y su fuego.

Y ellas abstractos bultos se fingían,

pura piedra, columnas sin misterio.

 

Más duelo, más allá: serafín trunco,

ángel a trozos, roto mensajero.

Quebrada en seis pedazos

sonrisa, que anunciaba, por el suelo.

Entre el polvo guedejas

de rubia piedra, pelo tan sedeño

que el sol se lo atusaba a cada aurora

con sus dedos primeros.

Alas yacen usadas a lo altísimo,

en barro acaba su plumaje célico.

(A estas plumas del ángel desalado

encomendó su vuelo

sobre los siglos el hermano Pablo,

dulce monje cantero.)

Sigo escombro adelante, solo, solo.

Hollando voy los restos

de tantas perfecciones abolidas.

Años, siglos, por siglos acudieron

aquí, a posarse en ellas; rezumaban

arcillas o granitos,

linajes de humedad, frescor edénico.

No piso la materia; en su pedriza

piso al mayor dolor, tiempo deshecho.

Tiempo divino que llegó a ser tiempo

poco a poco, mañana tras su aurora,

mediodía camino de su véspero,

estío que se junta con otoño,

primaveras sumadas al invierno.

Años que nada saben de sus números,

llegándose, marchándose sin prisa,

sol que sale, sol puesto,

artificio diario, lenta rueda

que va subiendo al hombre hasta su cielo.

Piso añicos de tiempo.

Camino sobre anhelos hechos trizas,

sobre los días lentos

que le costó al cincel llegar al ángel;

sobre ardorosas noches,

con el ardor ardidas del desvelo

que en la alta madrugada da, por fin,

con el contorno exacto de su empeño…

Hollando voy las horas jubilares:

triunfo, toque final, remate, término

cuando ya, por constancia o por milagro,

obra se acaba que empezó proyecto.

Lo que era suma en un instante es polvo.

¡Qué derroche de siglos, un momento!

No se derrumban piedras, no, ni imágenes;

lo que se viene abajo es esa hueste

de tercos defensores de sus sueños.

Tropa que dio batalla a las milicias

mudas, sin rostro, de la nada; ejército

que matando a un olvido cada día

conquistó lentamente los milenios.

Se abre por fin la tumba a que escaparon;

les llega aquí la muerte de que huyeron.

Ya encontré mi cadáver, el que lloro.

Cadáver de los muertos que vivían

salvados de sus cuerpos pasajeros.

Un gran silencio en el vacío oscuro,

un gran polvo de obras, triste incienso,

canto inaudito, funeral sin nadie.

Yo sólo le recuerdo, al impalpable,

al NO dicho a la muerte, sostenido

contra tiempo y marea: ése es el muerto.

Soy la sombra que busca en la escombrera.

Con sus siete dolores cada una

mil soledades vienen a mi encuentro.

Hay un crucificado que agoniza

en desolado Gólgota de escombros,

de su cruz separado, cara al cielo.

Como no tiene cruz parece un hombre.

Pero aúlla un perro, un infinito perro

-inmenso aullar nocturno ¿desde dónde?-,

voz clamante entre ruinas por su Dueño.