Luisa Pérez de Zambrana

Dolor supremo

(Después de la muerte de mis tres hijas)

 

Erais con vuestras cándidas diademas

de gracia, de dulzura y poesía

los ensueños azules de mi alma,

la esencia de mi ser y de mi vida.

 

Los óvalos de luz de vuestras frentes,

vuestra triste y dulcísima sonrisa,

vuestros ojos dívinos derramando

suavidades de estrella vespertina:

 

La bondad celestial de vuestras almas

blancas, resplandecientes, cristalinas,

como el espejo terso de las ondas

en que el disco de Sirio tiembla y brilla,

 

eran ¡oh cielos! mi sagrado encanto,

eran mi arrobamiento, mi delicia,

eran mi musa pálida y alada,

eran las cuerdas de oro de mi lira.

 

Y hoy dormís en el fondo de tres tumbas

con sudarios de lágrimas vestidas,

¡lirios del Paraíso deshojados!

¡nave de blancos ángeles perdida!

 

Ya no os veré jamás ¡flores de mi alma!

¡rosas aquí en mi corazón nacidas!

¡ya no os veré jamás! ¡cómo me anego

en torrentes de lágrimas de acíbar!

 

¡Cómo sollozo con la frente mustia

en el fúnebre césped sumergida!

¡esculturas de nácar adoradas,

bajo negro dosel, albas y frías!

 

¡Qué silencio en los ojos! ¡qué tristeza

en las mudas facciones peregrinas!

¡qué lágrimas heladas en sus rostros!

¡qué intensa palidez en sus mejillas!

 

¡Imágenes en lo íntimo de mi alma

con cinceles eternos esculpidas!

¡yo os amo, yo os venero, yo os adoro,

con los brazos en cruz y de rodillas!

 

¡Oh mis santas dormidas! ya mi boca

no tocará gimiendo convulsiva,

vuestras brillantes cabelleras de ónix

sobre la yerta palidez tendidas.

 

No besaré vuestras queridas manos

sin movimiento, pálidas y níveas,

ni se alzarán vuestras pestañas suaves

sobre el armiño de la tez caídas.

 

Y no veréis mi temblorosa imagen

que aterradora tempestad agita,

en vuestras urnas de cristal inmóviles

de adormideras tétricas ceñidas.

 

¡Qué siglos de dolor llevo en el alma!

en qué océanos de pesar se abisma¡¡y en qué playas de luto y de silencio

me encuentro, con las manos extendidas!

 

En la cuna de plumas de mi seno

os durmió mi canción queda y sentida,

en la cuna de piedras de la muerte

os duermen mis sollozos ¡hijas mías!

 

¿Quién de este seno que os meció en la infancia

verá la inmensidad de las heridas?

¿quién medirá de mi dolor supremo

el mar sin horizonte y sin orillas?

 

¡Ojos hermosos, húmedos y tristes

cuyas miradas, sobre mí, se inclinan!

¡frentes con palideces de luceros,

sobre mares de lágrimas mecidas!

 

Aquí estoy vuestras lápidas velando

cuando la virgen de ópalo declina,

como vela el silencio de las tumbas

una lámpara ínmóvil y encendida.

 

Mirad mi sombra desolada y muda

que en una eterna soledad camina,

y cubrid con las dalias de la muerte

esta inmensa corona de desdichas.

 

En la noche sin luna y sin aurora

del calvario que subo dolorida,

yo os miro suaves descender del cielo

con las pálidas frentes pensativas.

 

¡Oh mi grupo de arcángeles amado,

que sigo sollozando estremecida!

mi alma llorando, de rodillas, besa

vuestras plateadas túnicas que oscilan.

 

¡Plegad el raso de las tersas alas!

que en el musgo apoyada mi mejilla,

donde se posen vuestros pies sagrados

besando iré la tierra bendecida.

 

¡Palomas de suavísimo alabastro

en la insondable eternidad dormidas!

yo le enseño a los sauces vuestros nombres

con un sollozo que, llorando, vibra.

 

Y en el altar de vuestros tres sepulcros,

con la frente en las manos, abatida

como la estatua del dolor eterno

llena de clavos, pálida y sombría,

 

con un clamor desgarrador os llamo,

de esta gran sombra ante el supremo enigma,

mi corazón despedazado os busca

en la profunda inmensidad vacía:

 

¡oh en el silencio de la noche inmensa

estrellas apagadas y divinas!

¡almas desengarzadas de mi alma!

¡perlas de mis entrañas desprendidas!