Mercedes Marín del Solar

Falso presentimiento

—«¿A dónde vais tan de prisa,

Señora, i tan de mañana?

Aun no suena la campana,

Que toca la primer misa.

 

—Déjame, niña, que vaya

Del Señor al templo santo:

Allá alivio mi quebranto

I mi corazón se esplaya.

 

—No comprendo, madre amada,

Tanto llorar i jemir:

¿Por qué gustáis de vivir

Así al dolor entregada?

 

Talvez con menos retiro

I mas varias distracciones

Vuestras negras reflexiones

Tomaran distinto jiro.

 

—No sabes, pobre inocente,

Los tristes secretos míos:

—Talvez sean desvarios

De la acalorada mente.

 

—Ojalá! pero yo veo

Que de tu padre la ausencia

Se prolonga, i mi impaciencia

Es igual a mi deseo.

 

La inesperta juventud

Solo de esperanzas vive,

De ellas aliento recibe

En las pruebas la virtud:

 

Mas, cuando es la edad madura

La desgracia nos acosa,

Solo termina en la losa

De la vida la amargura.

 

—También, madre, sufro i siento

Nuestro funesto revez:

Mas, fiad en Dios, que talvez

La pena traiga el contento.

 

¿Nó visteis la nubécula

Convertida eu tempestad

Cubrir con su oscuridad

El astro que, puro brilla:

 

I que luego horas serenas

Tornan de apacible calma?

Pues así sucede al alma

Con sus terrores i penas;

 

Así el hálito divino,

Que aviva las mustias flores,

Adormece los dolores

I abre a la dicha el camino.

 

—¿Dónde hallas, hija querida,

Voces de tanto consuelo?

—Quizás me las manda el cielo,

Cuando oro por vos rendida.

 

—Pero ¿quién llama a la puerta,

Cuando aun no despunta el dia?

No abras"¡por Dios! hija mia

Que estoi temerosa i yerta....

 

I en mi niñez me dccian

Que golpes tales como estos

Eran anuncios funestos

Que nunca se desmentian.

 

—Mas el golpe se renueva;

Oigo una voz conocida....

—Es una voz condolida!

¿Será esto alguna otra prueba?

 

—«La puerta, abridme, por Dios!»

—Abro, no obedezco, madre.»

I entra el adorado padre

Que las abraza a las dos.