Luisa Pérez de Zambrana

Al sol

Detén del mundo sideral el paso,

¡rey de la inmensidad!, que mi alma ardiente

bañarse anhela en tu radioso oriente,

y como águila audaz, sobre tu cumbre

contemplar de placer estremecida

tu vasto mar de centelleante lumbre.

¡Oh cuan dichosa, desde allá, tendiera

mi serena mirada sobre el mundo,

y, sensible, a la vez compadeciera

de sus desventurados habitantes

la triste condición!... Mas no, tampoco

fuera entonces feliz, que diome el cielo

un corazón que enternecido sufre

si mira padecer sus semejantes.

¡Oh hermoso bienhechor de lo creado,

cómo a tu claridad rica y ardiente

se colora mi faz, late mi seno,

se reanima mi espíritu, retoza

la sangre entre mis venas, y respira

dulce frescura y juventud mi frente!

 

Que tú das vida y hermosura a todo;

tú floreces los valles, tú regalas

frondosa cabellera a los palmares,

lujosos ramos a la ceiba, al bosque

deliciosa verdura,

al suelo alfombra de floridas galas,

perfume al aura y transparencia pura;

tú revives, en fin, y tú das jugo

a todo lo creado...

 

¡Oh sol excelso!

al recibirte la creación gozosa

palpita de placer; naturaleza

coronada de trémulo rocío,

en júbilo rebosa

y se estremece el río,

y florece la cumbre,

y es todo el aire, suavidad y aroma,

cuando los baña en manantial de lumbre,

tu manto de oro que en oriente asoma.

Mas ya la frente pálida reclinas

desfallecida en el azul del cielo;

¡con qué gracia declinas,

cuando al ocaso entristecido vuelas!

¡cómo temblando en delicioso brillo,

con perlas luminosas de tu lloro,

el mar plateado velas

en una gasa vaporosa de oro!

Lucen las aguas, en vaivén luciente,

tornasolados y cambiantes prismas,

bañan el cielo transparentes olas

de nácar y carmín, que dulcemente

borra una luz celeste y plateada,

brillantes aureolas

ciñen tu regia sien...

 

Mas ya te abismas

en la tumba infinita y azulada:

¡detente, sol...! ¡Oh Dios! palideciendo

va su disco esplendente,

su riquísimo brillo desmayando,

sus rayos abismándose en las ondas

del profundo océano, lentamente

y más bello que nunca en la agonía

va, con pálido hechizo, sepultando

en los mares lejanos de occidente

su corona de luz...

 

¡Noche sombría,

que en gran silencio vas por el espacio

con la túnica azul tendida al viento!

¡Qué triste te contempla el pensamiento,

cuando entre sombras vagas,

callada, melancólica, despacio,

¡ay!, como de la envidia el sentimiento

con tus pardos crepúsculos apagas

la inmensa pira de oro y de topacio!