Leopoldo Lugones

La palmera

Al llegar la hora esperada

en que de amarla me muera,

que dejen una palmera

sobre mi tumba plantada.

 

 

Así cuando todo calle,

en el olvido disuelto,

recobrará el tronco esbelto

la elegancia de su talle.

 

 

En la copa, que su alteza

doble con melancolía,

se abatirá la sombría

dulzura de su cabeza.

 

 

Entregará con ternura

la flor, al viento sonoro,

el mismo reguero de oro

que dejaba su hermosura.

 

 

Como un suspiro al pasar,

palpitando entre las hojas,

murmurará mis congojas

la brisa crepuscular.

 

 

Y mi recuerdo ha de ser,

en su angustia sin reposo,

el pájaro misterioso

que vuelve al anochecer.