Ramón López Velarde

Treinta y tres

El son del corazón

La edad del Cristo azul se me acongoja

porque Mahoma me sigue tiñendo

verde el espíritu y la carne roja,

y los talla, al beduino y a la hurí,

como una esmeralda en un rubí.

 

Yo querría gustar del caldo de habas,

mas en la infinidad de mi deseo

se suspenden las sílfides que veo,

como en la conservera las guayabas.

 

La piedra pómez fuera mi amuleto,

pero mi humilde Sino se contrista

porque mi boca se instala en secreto

en la feminidad del esqueleto

con un escrúpulo de diamantista.

 

Afluye la parábola y flamea

y gasto mis talentos en la lucha

de la Arabia Feliz con Galilea.

 

Me asfixia, en una dualidad funesta,

Ligia, la mártir de pestaña enhiesta,

y de Zoraida la grupa bisiesta.

 

Plenitud de cerebro y corazón;

oro en los dedos y en las sienes rosas;

y el Profeta de cabras se perfila

más fuerte que los dioses y las diosas.

 

¡Oh, plenitud cordial y reflexiva:

regateas con Cristo las mercedes

de fruto y flor, y ni siquiera puedes

tu cadáver colgar de la impoluta

atmósfera imantada de una gruta!