Ramón López Velarde

Gavota

El son del corazón

Señor Dios mío: no vayas

a querer desfigurar

mi pobre cuerpo, pasajero

más que la espuma de la mar.

 

Ni me des enfermedad larga

en mi carne, que fue la carga

de la nave de los hechizos,

del dolor el aposento

y la genuflexión verídica

de tu trágico pavimento.

 

No me hieras ningún costado;

no me castigues a mi cuerpo

por haber vivido endiosado

ante la Naturaleza

y frente a los vertebrales

espejos de la belleza.

 

Yo reconozco mi osadía

de haber vivido profesando

la moral de la simetría.

 

Amé los talles zalameros

y el virginal sacrificio;

amé los ojos pendencieros

y las frentes en armisticio.

 

No tengo miedo de morir,

porque probé de todo un poco;

y el frenesí del pensamiento

todavía no me vuelve loco.

 

Mas con el pie en el estribo

imploro rápida agonía

en mi final hostería.

 

Para que me encomiende a Dios,

en ta hostería, una muchacha,

con su peinado de bandós;

y que de ir por los caminos

tenga la carne de luz

de los perones cristalinos.

 

Y que en sus manos, inundadas

de luz, mi vida quede rota

en un tiempo de gavota.