Rubén Darío

XLII

Abrojos

Tan alegre, tan graciosa,

tan apacible, tan bella...

¡Y yo que la quise tanto!

¡Dios mío, si se muriera!

Envuelta en oscuros paños

la pondrían bajo tierra,

tendría los ojos tristes,

húmeda la cabellera.

¡Y yo besando su boca,

allá en la tumba con ella,

sería el único esposo

de aquella pálida muerta.