Rubén Darío
Abrojos
¡Qué piropo! Escalda y pincha.
¡QUé obscenidad! ¡Qué baldón!
¿Quién lo dijo? Ese mocito
del flamante redingot.
Á la pobre muchachuela
la cara se le encendió...
Iba descalza, iba rota.
Y ¡miren qué contrición!
¡como si tal harapienta
pudiera tener pudor!