Carolina Coronado

Porque quiero vivir siempre contigo

¡Ay! lo que siento yo, lo que me inquieta,

Señor, quién lo comprende, quién lo canta;

¡pobre santa Teresa, pobre santa,

que a tal agitación vivió sujeta!

Y más pobre mujer, alma incompleta

esta, que no teniendo gracia tanta,

con la misma pasión que la devora

sin poderte mirar, Señor, te adora.

 

¿Dónde te iré a buscar, dónde amor mío,

escondida tu faz en el espacio

hallaré para verte más despacio

y calmar mi agitado desvarío?

¿Hacia dónde, Señor, mis pasos guío

para llegar por senda a tu palacio,

y sin genio, sin numen y sin arte

la fe que siento en mi pasión cantarte?

 

No te encuentro en el mar que antes ansiaba

cuando tan mal, Señor, te comprendía,

que en el recio furor con que bramaba

escuchar tus acentos presumía;

monstruo rabioso que espumante baba

verde como la bilis escupía

¡cómo sonar en su amargado seno

puede tu canto de dulzura lleno!

 

No te encuentro en las olas vacilantes

donde pensé que tu mirar lucía

antes de que tus ojos más radiantes

a iluminar vinieran mi poesía;

soles y estrellas encendidos antes

ya me parecen luz pálida y fría,

y si sus rayos por acaso miro

cierro los ojos y por ti suspiro.

 

Por ti ya dejo las queridas flores,

los pájaros, el río, los pinares,

para ti nada más tengo cantares;

para mí nada más tienen colores

de tus ojos los bellos luminares,

para mí nada más tiene armonía

tu voz que sueño en la locura mía.

 

¡Oh! tú no estás aquí; tu forma bella

no es la del mar sombrío que batalla:

tu lumbre no es la lumbre de la estrella

ni por los valles mi ansiedad te halla;

tú más hondo que él, más alto que ella

opones a mi amor eterna valla,

y cuanto más en tu existencia creo

más sufro y lloro porque no te veo.