Carolina Coronado

Para el alma no hay distancias

Almas esposas seremos;

unidas existiremos

aunque tú vivas lejano,

que el mundo no puede, hermano,

lograr que nos separemos.

 

Misteriosa inteligencia

que no alcanzan de la ciencia

a explicarnos las razones

sustentan los corazones

separados en la ausencia.

 

Hay espíritus queridos

en la atmósfera esparcidos

que nos recuerdan y agitan,

y los amantes sonidos

de nuestras voces imitan.

 

Ellos viven en los vientos,

en los mares turbulentos,

en los astros y las flores,

en la luz y los colores

y hasta en los vagos acentos.

 

No se ven, aunque se miran,

pero se sienten, se aspiran

cuando tocándonos pasan,

cuando al tocarnos suspiran,

cuando al pasar nos abrasan.

 

En el murmullo del río

oirás el acento mío,

en la estrella más dorada

verá lucir tu mirada

mi exaltado desvarío.

 

Siempre juntos estaremos;

por la luna nos veremos

en las noches de verano:

¡cuánto hablaremos, hermano!

¡ Qué de amores nos diremos!

 

¡Cuántas palabras suaves

que sólo en el mundo sabes

me dirás; cuánta dulzura,

cuánta amorosa ternura

te diré, cuando tú acabes!

 

Y si quieres mensajero

más alegre y placentero

que la luna peregrina,

yo te enviaré, compañero,

a la bella golondrina.

 

Ella por mí presurosa

cruzará el aire gozosa,

y entrando por tu ventana

te llevará una mañana

mi visita cariñosa.

 

“Despierta, mi bien querido;

—te dirá— si estás dormido,

que yo en su nombre te llamo:

ella dice... yo te amo:

Responde tú... no la olvido.”

 

Badajoz, 1845