César Vallejo

Mayo

Los heraldos negros

Vierte el humo doméstico en la aurora

su sabor a rastrojo;

y canta, haciendo leña, la pastora

un salvaje aleluya!

 

Sepia y rojo.

 

Humo de la cocina, aperitivo

de gesta en este bravo amanecer.

El último lucero fugitivo

lo bebe, y, ebrio ya de su dulzor,

¡oh celeste zagal trasnochador!

se duerme entre un jirón de rosicler.

 

Hay ciertas ganas lindas de almorzar,

y beber del arroyo, y chivatear!

Aletear con el humo allá, en la altura;

o entregarse a los vientos otoñales

en pos de alguna Ruth sagrada, pura,

que nos brinde una espiga de ternura

bajo la hebraica unción de los trigales!

 

Hoz al hombro calmoso,

acre el gesto brioso,

va un joven labrador a Irichugo.

Y en cada brazo que parece yugo

se encrespa el férreo jugo palpitante

que en creador esfuerzo cuotidiano

chispea, como trágico diamante,

a través de los poros de la mano

que no ha bizantinado aún el guante.

Bajo un arco que forma verde aliso,

¡oh cruzada fecunda del andrajo!

 

La zagala que llora

su yaraví a la aurora,

 

recoge ¡oh Venus pobre!

frescos leños fragantes

en sus desnudos brazos arrogantes

esculpidos en cobre.

En tanto que un becerro,

perseguido del perro,

por la cuesta bravía

corre, ofrendando al floreciente día

un himno de Virgilio en su cencerro!

 

Delante de la choza

el indio abuelo fuma;

y el serrano crepúsculo de rosa,

el ara primitiva se sahúma

en el gas del tabaco.

Tal surge de la entraña fabulosa

de epopéyico huaco,

mítico aroma de broncíneos lotos,

el hilo azul de los alientos rotos!